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Cal Sardà: cuatro generaciones, dos reformas y un siglo de historia

15/03/2022
Diari de Barcelona

La historia y supervivencia de una de las tiendas emblemáticas de Barcelona



¿Qué hace que Barcelona sea Barcelona? Las baldosas con la flor de cuatro pétalos, el metro abrumador de las 8 de la mañana, el modernismo, las palomas de Plaça Catalunya... hay muchas cosas que podríamos incluir en la lista, pero seguramente no mencionaríamos nombres de grandes supermercados, cadenas de restaurantes o tiendas de fast fashion. Hoy, por suerte o por desgracia, Barcelona también es eso. De ahí que muchos pequeños comercios de toda la vida hayan tenido que cerrar y que sólo queden un puñado. Luchan por resistir subidas de alquiler, pérdidas de clientes y presiones externas, para seguir siendo un pedacito de Barcelona. Son los resistentes. En una esquina de la calle Marina, a la altura de la Sagrada Família permanece una fachada curiosa. Es curiosa por todas las capas de pintura que ha recibido y por mantener los mismos arcos tan característicos de la tienda que resguarda desde el año 1930. Estos arcos servían para encabezar portales diferentes desde donde la familia Sardà vendía bacalao en una entrada, leche por la otra y verduras por la última, a los vecinos de la zona. Las paredes de Cal Sardà han visto nacer, crecer y morir a personas de cuatro generaciones diferentes de la misma familia. Se han dedicado en cuerpo y alma para conservar la esencia del proyecto y resistir la fuerza del cambio acorralador.


Los orígenes


A Jaume Sardà, el bisabuelo de la familia, no le gustaba el campesinado. Por eso decidió abandonar Belianes, su pueblo natal, e ir a la gran ciudad junto a su esposa Flora Güell, a encontrar otro trabajo. Éste es el principio de Cal Sardà.

El negocio comienza siendo una lechería en un sitio bastante pequeño, pero visto que prospera bastante rápido, lo trasladan al local de la calle Marina que conocemos hoy, donde además de leche deciden vender bacalao, huevos, fruta, verdura y víveres. Cal Sardà, entonces, formaba parte del barrio conocido como El Poblet. Era una zona bastante comercial donde se encontraban pescaderías, verdulerías, lecherías, y fábricas de otros productos como caramelos y turrones.

Durante los años de la posguerra, Flora, que tenía contacto directo con los clientes, debía reclamarles los tiques de racionamiento para seguir los protocolos de consumo marcados por el gobierno franquista. Entonces consiguieron una licencia de torrefactores y pudieron comprar, tostar y vender un café que importaban crudo de Colombia y Brasil. Hoy en día todavía lo ofrecen bajo el nombre de Café Sardà.

Fue en aquella época que los hijos de Jaume y Flora cogieron el negocio y lo expandieron. En los años cincuenta trabajaban 14 personas, todas miembros de la familia o amigos de su pueblo de origen, y en 1958 decidieron hacer una reforma del establecimiento. Es entonces cuando dejaron de vender verduras y bacalao y se centraron en su café y en los víveres, integrando productos como frutos secos a granel, turrones y galletas.

Poco después fue cuando Maria Sardà, hija de Jaume y Flora cogió el negocio hasta el 2016, cuando le pasó a su hija, Marta Izquierdo. Izquierdo es la cuarta y actual generación de la familia Sardà que lleva la tienda. De pequeña pasaba tardes jugando y corriendo por la tienda mientras su madre atendía a los clientes. A pesar de formarse en un campo completamente diferente como es el de la lingüística, ha decidido tomar las riendas del negocio familiar. Un factor curioso de Cal Sardà es que desde 1930, cuando nació el negocio, quien ha traído de facto la tienda han sido siempre las mujeres. Primero la bisabuela Flora, después la abuela Antonieta, entonces la madre María y finalmente Marta.

La segunda reforma y el hoy

En 2016, cuando Maria empezó a llevar Cal Sardà, hizo una segunda reforma del local para asegurar el buen mantenimiento de su infraestructura y la prosperidad del negocio a la hora de adaptarse y cubrir las nuevas necesidades de consumo. Con esta reforma, a pesar de ofrecer nuevos productos, se mantiene la estética y la esencia de la antigua tienda. Un ejemplo son los mármoles del escaparate, que cumplen la estética de los años sesenta.

Si hoy entra en la tienda encontrará galletas Birba, chocolate con unas letras grandes que llaman “Barcelona”, e incluso una plancha para hacer crepes. Estos ítems son nuevos y funcionan para atraer a turistas y clientes jóvenes, dos perfiles que tradicionalmente no solían comprar en Cal Sardà. Así, ya no es la tienda de comestibles que era al principio, sino que es una tienda de productos gourmet, llenando un nicho que le asegura la supervivencia. Izquierdo explica que han ido probando cosas de forma paulatina, pero que no han incluido "productos internacionales", ya que quieren "mantener y promover el producto local”.

"No somos un Zara"

Tal y como explica Marta, en Cal Sardà nunca han tenido problemas por una subida del alquiler ni por presión de alguna otra entidad que quisiera su ubicación, pero si esto ocurriera, sería inasumible. “Si nos ocurriera, tal y como ha ocurrido en otros locales emblemáticos de Barcelona, ​​deberíamos cerrar, porque somos un negocio pequeño. Esto no es un Zara, no puedo pagar depende de qué alquileres”, explica Marta.

Antes, "siempre había una cola de gente que venía a comprar productos de colmado", afirma. Pero las ventas han descendido. Cal Sardà, de hecho, empezó a entorpecerse en los años 2000 con el boom de los supermercados: no podían competir con los precios tan bajos que estas empresas habían asumido.

Así, paulatinamente dejaron de vender productos básicos que se pudieran encontrar habitualmente en los supermercados para desmarcarse y mantener su clientela. “A nosotros nos han hecho daño los supermercados. Por eso nos hemos ido diferenciando de ellos: teniendo más productos gourmet y marcas mejor valoradas que no suelen encontrarse en el supermercado”, explica Marta.

El arroz, la harina, la sal y la leche, pues, son productos que ya no se ven en el escaparate, aunque Marta los mantiene, algo menos expuestos, por si algún cliente los pide, pero es poco común: “No está ni a la vista, porque no me interesa, porque no puedo ofrecerle un buen precio en la leche, es imposible. Aquí deben venir a comprar productos exclusivos y de calidad, porque si pueden encontrarlo en el supermercado, ya no tiene sentido”, afirma ella.

El perfil de cliente actual es local, de mediana edad y durante todo el año. Excepto en verano, “cuando el local se va y el turismo suma”, afirma Izquierdo. Sin embargo, los clientes de la zona también han cambiado y, por tanto, los productos que buscan también: “Han cambiado mucho los hábitos de consumo y la gente se mira mucho la alimentación saludable. Es por eso que las señoras que antes vendían a comprar medio kilo de magdalenas o croissants ya no vienen tanto”.

Un impedimento paradójico

A raíz de la segunda reforma de Cal Sardà, en 2016, Marta Sardà intentó pedir una licencia de tienda-degustación. Su plan consistía en realizar un proyecto para ofrecer productos de degustación a sus clientes, utilizando tanto espacio interior de la tienda actual, como espacio exterior de su esquina, que es muy amplia y con espacio de sobra para una terraza. Pero a día de hoy todavía no le han permitido obtener la licencia porque, según el ayuntamiento, no cumple con los requisitos.

Los requisitos que no cumple Cal Sardà, sin embargo, nada tienen que ver con las instalaciones ni con el plan de proyecto que tienen, sino con la cantidad de licencias que ya existen en su zona. A principios de marzo, el Ayuntamiento de Barcelona aprobó un plan de usos que quería velar por proteger comercios locales y evitar la gentrificación en el Eixample de Barcelona. La idea, pues, es impedir que las calles se conviertan en espacios llenos de terrazas de bares y negocios de restauración, como es el caso de Enric Granados, por ejemplo.

Aún así, en la esquina de la calle Marina con Valencia, que es donde se encuentra Cal Sardà, no hay ninguna terraza. No existe ninguna porque ninguno de los establecimientos que la tiene concedida la utiliza. De hecho, tres de los negocios de esta esquina están cerrados antes de la pandemia y pendientes de vender su licencia y de traspasar el negocio. Cuentan como locales con actividad de restauración y, por tanto, imposibilitan a otros obtener ninguna.

Así, aunque los requisitos de densidad y distancia entre diferentes establecimientos que plantea el Ayuntamiento sean para beneficiar a pequeños negocios, en el caso de Cal Sardà es un impedimento. El hecho de que el plan de usos incluya las mismas regulaciones para todo el Eixample y que las licencias no tengan caducidad por desuso genera situaciones paradójicas como ésta, en las que un pequeño e histórico comercio de barrio como Cal Sardà, que se esfuerza por sobrevivir y para ampliar el negocio priorizando el producto local y el comercio de proximidad, choca con barreras normativas a menudo difíciles de comprender. Seguro que la solución no es nada fácil, pero es evidente que es también ese tejido comercial el que hace de Barcelona una ciudad única y atractiva; un tejido comercial, de hecho, en el que, por suerte, todavía hay resistentes.